El color del viento- Capítulo 1

Capítulo  1

El Color de la Muerte

En sueños, las estrellas todavía existían.

Ilyra abrió los ojos a un cielo que no había visto en vida consciente: miles de puntos de luz perforando la oscuridad de formas que la memoria genética reconocía pero la experiencia personal no podía. Y allí, sentada al borde de la Plataforma Thale con las piernas colgando hacia el Mar de Nubes quinientos metros abajo, estaba Lysa.

No como la recordaba en el funeral, sino como había sido antes: el cabello igual de corto, la misma sonrisa torcida, veintitrés años congelados en el momento previo al quiebre.

«Llegas tarde», dijo Lysa sin volverse. «Normalmente apareces antes.»

«No pude dormir.»

«Entonces, ¿cómo estás aquí?»

Ilyra se sentó junto a ella, dejando que sus piernas también colgaran sobre el abismo, sintiendo el viento que no debería existir contra su piel.

«No lo sé. Tú eres la experta en esto.»

«Yo no soy experta en nada ya.» Lysa finalmente la miró. Sus ojos eran exactamente como los recordaba: la misma forma, el mismo color gris. Pero la presencia detrás de ellos había cambiado, como si alguien hubiera fragmentado el cristal que contenía su mirada y ahora esa luz brillara dispersa, refractada a través de mil fisuras invisibles. «Solo soy buena recordando cómo solía ser experta.»

Se quedaron en silencio, observando las nubes tóxicas pulsar con bioluminiscencia debajo.

«¿Duele?» preguntó Ilyra finalmente. La pregunta que hacía cada vez. La que Lysa nunca respondía directamente.

«Define ‘doler’.»

«Lysa.»

«Ily.» Sonrisa pequeña. «Estás procrastinando.»

«No estoy…»

«Hoy es el día. Tu examen.» No era una pregunta, sino una afirmación.

El miedo que Ilyra había estado empujando hacia abajo toda la noche subió como marea.

«No quiero hablar de eso.»

«Por eso estoy aquí. Porque en sueños tienes que escucharme.» Lysa alcanzó su mano y la tomó. Sus dedos eran cálidos, reales, imposibles. «¿Recuerdas lo que te dije la primera vez? ¿Después de… después?»

 Después de que te mataran. Después de que Elyon te despedazara. Después de que te convirtieran en mil fragmentos gritando en silencio digital. 

«Dijiste muchas cosas.»

«Dije: no dejes que te vean.»

«Lo sé.»

«¿Lo sabes? ¿O solo piensas que lo sabes?» Lysa apretó su mano. «Porque yo también pensé que sabía. Pensé que podía ser cuidadosa, que podía esconder lo que era el tiempo suficiente.»

«Tú no tenías sinestesia. Tú solo sentiste demasiado.»

«Y tú ves demasiado. ¿Cuál es la diferencia?» Pausa. «Ambas somos glitches en un sistema que no tolera la variación. Yo solo llegué primero al final.»

Ilyra sintió las lágrimas quemando.

«Odio cuando hablas así. Como si ya estuvieras muerta.»

«¿Estoy viva?»

Silencio. Porque ambas conocían la respuesta. Ambas habían aprendido la diferencia entre muerte y disolución.

«Todavía hablas conmigo», dijo Ilyra finalmente. «Todavía vienes. Eso cuenta como vida, ¿verdad?»

«Quizá. O quizá solo eres tan buena inventando que me haces real a través de pura necesidad.» Lysa sonrió, una expresión que era amor y tristeza y resignación entrelazadas. «No importa. Real o imaginada, estoy aquí. Y necesitas escuchar.»

«Escucho.»

«No, todavía estás procrastinando.» Se volvió completamente ahora, tomando ambas manos de Ilyra entre las suyas. «Hoy van a probar si ves lo que no deberías. Si procesas lo que no pueden medir. Si eres…»

«Como tú.»

«Peor que yo. Porque yo al menos podía esconder lo que sentía. Tú no puedes esconder lo que ves. Está escrito en cómo miras a las personas, en cómo reaccionas a colores que para otros son solo colores.»

«He estado practicando. Puedo fingir…»

«¿Puedes?» Lysa la estudió. «Entonces muéstrame. Mírame ahora y dime qué ves.»

Ilyra vaciló.

«Lysa…»

«Hazlo.»

Así que miró. Realmente miró. Y vio lo que siempre veía en estos sueños: su hermana rodeada por un aura que pulsaba con azul profundo de amor, violeta de dolor antiguo, y debajo de todo, gris. Gris que significaba ausencia, fragmentación, partes faltantes que nunca volverían.

«Ves», susurró Lysa. «Incluso aquí. Incluso conmigo. No puedes apagarlo.»

«En el examen será diferente. Estaré preparada.»

«No puedes prepararte para negar quién eres. Solo puedes mentir lo suficientemente bien para que crean que estás rota de formas que pueden arreglar.» Se acercó más. «Así que esto es lo que harás: cuando veas colores hoy, cuestiónalos. Llama error a tu certeza. Llama imaginación a tu verdad. Créete la mentira tan profundamente que ni siquiera estés segura de qué es real.»

«Eso es…»

«Supervivencia. Y odiarás cada segundo. Pero es eso o terminar como…» Se detuvo.

«Como tú.»

«Sí. Como yo.» Una tristeza tan densa que casi era tangible. «Y no quiero eso para ti, Ily. Quiero que vivas. Realmente vivas. Incluso si significa negarte a ti misma cada día.»

El sueño comenzó a cambiar: los bordes deshilachándose como siempre lo hacían cuando el tiempo terminaba.

«No», dijo Ilyra, agarrando más fuerte. «Todavía no. Solo un poco más…»

«No funciona así.» Lysa tocó su rostro con una mano que ya comenzaba a volverse translúcida. «Pero estaré aquí mañana. Y pasado mañana. Y todos los mañanas hasta que ya no me necesites.»

«Siempre te necesitaré.»

«Entonces supongo que soy inmortal después de todo.» Sonrisa pequeña, rota. «Ve ahora. Despierta. Sobrevive hoy.»

«¿Y si no puedo?»

«Entonces te veré más pronto de lo que ambas queremos.» Lysa comenzó a desvanecerse, los colores sangrando en la oscuridad. «Pero no lo harás. Porque eres más fuerte que yo. Más obstinada. Más…»

Su voz se desvaneció, dejando a Ilyra sola en el borde de la plataforma de sueños, con las estrellas arriba que pronto desaparecerían y el abismo abajo que nunca dejaba de esperar.

Ilyra despertó jadeando.

05:47. Trece minutos antes del despertar oficial. Su almohada estaba húmeda. Había estado llorando en el sueño otra vez.

Se sentó lentamente, limpiándose el rostro, tratando de separar el sueño de la memoria de la advertencia. Con Lysa, las tres cosas siempre sangraban juntas.

 Hoy es mi examen. Y si fallo… 

No terminaría como su hermana. No se lo permitiría. Incluso si significaba mentirse a sí misma tan profundamente que ya no estaba segura de dónde terminaba la verdad y comenzaba la ficción. Incluso si significaba negar los colores que veía con cada respiración. Incluso si significaba convertirse en un tipo diferente de fragmento: viviendo pero no viva, completa en cuerpo pero rota en alma.

 Supervivencia , había dicho Lysa. Así que sobreviviría. Un día a la vez. Una mentira a la vez. Hasta que ya no recordara cómo decir la verdad, o hasta que encontrara la forma de cambiar el mundo que requería tales mentiras. Lo que viniera primero.

El despertar oficial llegó exactamente a las 06:00: un tono que resonó a través del dormitorio con la precisión que solo un sistema de inteligencia artificial podía mantener. Las luces se elevaron gradualmente de rojo a blanco clínico. Las compañeras se levantaron en sincronía practicada.

Nadie hablaba durante los primeros cinco minutos post-despertar. Ley no escrita pero absoluta: el silencio matutino permitía que la mente se calibrara apropiadamente para el día venidero.

Ilyra siguió los movimientos automatizados: baño comunal, higiene bajo el cronómetro de tres minutos, regreso para la inspección de cama y uniforme.  No desperdiciarás recurso, energía, ni potencial humano. Ley Octava. Cada segundo cuenta. Cada gota de agua. Cada latido. 

La Instructora Vex, una mujer de cuarenta y tantos años con implantes cibernéticos trazando patrones fractales en el lado izquierdo de su rostro, entró exactamente a las 06:12 para la inspección. Su aura era gris acerado con vetas naranjas. Control perfecto teñido con violencia apenas contenida.

«Cadete Noren», dijo cuando alcanzó la cama de Ilyra. «Hoy es tu Evaluación.»

«Sí, Instructora.»

«¿Preparada?»

 No. Nunca. ¿Cómo puedo estar preparada para un test diseñado para detectar exactamente lo que soy? 

«Sí, Instructora.»

Vex la estudió con ojos que habían visto demasiadas cadetes fallar, ser corregidas, ser eliminadas.

«Tu hermana…», comenzó, luego se detuvo.

Ilyra se puso rígida.

«¿Instructora?»

«Tu hermana mayor, Lysa. Fue integrada cuando tenías quince.»

«Sí, Instructora.»

«¿Recuerdas por qué?»

 Porque sintió demasiado. Porque se preocupó demasiado profundamente por personas que el sistema decidió que eran descartables. Porque cuando ordenaron que reportara anomalías en sus estudiantes, se negó. Porque eligió individuos sobre la optimización colectiva. 

«Porque violó los protocolos de reporte, Instructora.»

«Correcto. Y el resultado…»

«Fue necesario para la integridad del sistema.»

Una mentira que había aprendido a decir sin vacilar. Una mentira que dolía menos que la verdad.

Vex asintió lentamente. «Bien. Recuerda eso hoy durante la evaluación.» Su voz se endureció ligeramente. «Como dice la Segunda Ley: Elyon calcula; los humanos confían. Esta es la división que nos mantiene vivos. La conformidad no es prisión, Cadete Noren. Es supervivencia.»

El examen fue programado para las 09:00 en el Nivel de Pruebas, tres pisos bajo el dormitorio, en la sección de la Academia donde las paredes eran más gruesas y los sonidos no viajaban.

Ilyra llegó quince minutos temprano. Porque llegar tarde era una falta. Llegar justo a tiempo sugería falta de entusiasmo. Llegar temprano demostraba el compromiso apropiado.

La sala de espera contenía cuatro otras cadetes de su cohorte, todas programadas para evaluaciones hoy. Ilyra podía ver el miedo irradiando de ellas: violeta profundo de terror, gris de resignación, naranja de ansiedad que bordeaba el pánico.

 Cálmate. No mires los colores. No proceses las frecuencias. 

Las palabras de la Ley Diecisiete resonaron automáticamente, como las habían entrenado a repetir:  Lo que no puede ser medido no puede ser real. Si sientes frecuencias que Elyon no registra, eres tú quien está roto. 

Ilyra cerró los ojos.  Solo siéntate. Espera. Respira. 

A las 09:03, la puerta se abrió.

«Cadete Noren. Entre.»

La sala de evaluación era pequeña y clínica. Una mesa de examen en el centro con equipamiento neural conectado al sistema central de Elyon. Y de pie junto a la consola había un hombre de treinta y tantos años con ojos que habían visto demasiado.

Su aura era extraña. No el gris sólido de la conformidad perfecta, sino gris con grietas. Fisuras donde otros colores sangraban: ámbar de curiosidad, azul oscuro de algo que podría haber sido duda, y debajo de todo, blanco pálido. Un color que Ilyra asociaba con secretos, con cosas ocultas deliberadamente.

«Cadete Noren», dijo con una voz que no mostraba emoción. «Soy el Evaluador Kael Veyr. Estaré conduciendo su prueba de conformidad neural.»

«Entendido, Evaluador.»

«Acuéstese en la mesa. Este proceso tomará aproximadamente veinte minutos.»

Ilyra obedeció, con movimientos rígidos por el control forzado. Kael (Evaluador Veyr, se corrigió mentalmente) comenzó a conectar electrodos a su cabeza. Sienes. Corona. Base del cráneo. Sus manos eran precisas, eficientes, casi mecánicas en su perfección.

Pero cuando los dedos tocaron su piel hubo una chispa. Pequeña. Eléctrica.

 ¿Conexión? ¿Reconocimiento? No. Imposible. Solo estática del equipamiento. 

«¿Está familiarizada con el protocolo?» preguntó mientras trabajaba, sin mirarla.

«Sí. Los escáneres medirán los patrones de actividad neural mientras respondo a estímulos. Las desviaciones de la norma estadística indican la necesidad de corrección.»

«Correcto. Y si detectamos desviaciones…»

«Serán corregidas. Para mi beneficio y el del sistema.»

Vio algo cruzar su rostro, demasiado rápido para identificar. Luego desapareció detrás de la máscara profesional.

«Comenzaremos en treinta segundos. Permanezca quieta y responda honestamente a todas las preguntas.»

La pantalla se iluminó sobre la mesa, mostrando imágenes mientras una voz (la voz de Elyon, perfecta y modulada) comenzó el interrogatorio:

«Imagen uno: ¿Qué ve?»

Un círculo rojo en la pantalla.

«Un círculo rojo.»

«¿Alguna otra percepción?»

 Sí. Veo que pulsa. Que tiene frecuencia. Que el rojo no es solo color visual sino emoción hecha visible: rabia contenida, energía comprimida. 

«No. Solo un círculo rojo.»

«Imagen dos: ¿Qué ve?»

Un rostro humano. Expresión neutral.

«Un rostro.»

«¿Alguna percepción emocional?»

 Sí. Puedo ver la tristeza oculta detrás de la neutralidad. Puedo ver azul oscuro sangrando en los bordes como una contusión invisible. 

«No. Solo expresión neutral.»

El interrogatorio continuó. Diez imágenes. Veinte preguntas. Cada una diseñada para detectar si procesaba información de formas que el sistema consideraba anómalas. Y con cada respuesta, mintió. Negó los colores que veía. Negó las frecuencias que sentía. Negó la realidad que percibía. Se llamó a sí misma rota. Defectuosa. Normal.

«Imagen once: ¿Qué ve?»

Una onda sonora visualizada.

«Una gráfica de frecuencia.»

«¿Puede escuchar algo al verla?»

 Sí. Puedo escuchar el tono que representa. Do sostenido. Melancólico. Como llanto contenido. 

«No. Solo veo la representación visual.»

«Imagen doce: ¿Qué ve?»

Un paisaje urbano de Aeris al atardecer artificial.

«La plataforma central.»

«¿Percibe alguna temperatura o textura al observar la imagen?»

 Sí. Puedo sentir el frío del metal. La aspereza del concreto. El calor residual de los sistemas de calefacción. Como si pudiera tocar la imagen con la mente. 

«No. Solo procesamiento visual estándar.»

Hasta que finalmente…

«Última imagen: ¿Qué ve?»

La pantalla mostró una foto que hizo que el corazón de Ilyra se detuviera: Lysa. No una foto oficial. No un registro del sistema. Sino una memoria, capturada de los archivos personales de Ilyra que ni siquiera sabía que Elyon había accedido. Su hermana mayor sonriendo. Veintiún años. La semana antes del arresto.

Y alrededor de ella, visible solo para Ilyra, una explosión de colores que casi dolían al mirar.

«¿Qué ve?» repitió la voz de Elyon.

 Te veo. Hermana. Mentora. Mártir. Víctima. Veo lo que me quitaron. Veo por qué luchar. Veo… 

Su voz salió quebrada: «Veo a mi hermana.»

«¿Alguna percepción emocional?»

Las lágrimas quemaban pero no cayeron. No le daría al sistema esa satisfacción.

«No. Solo imagen. Solo datos visuales.»

La mentira más grande. La mentira que dolía. Pero la mentira que necesitaba.

La pantalla se apagó. Silencio mientras Elyon procesaba los resultados, mientras los algoritmos comparaban sus respuestas con los patrones esperados.

Kael Veyr no habló. Solo observó la pantalla de la consola que Ilyra no podía ver. Los segundos se estiraron en una eternidad.

Desde su posición en la mesa, Ilyra podía ver su perfil. La línea de su mandíbula, tensa. Los dedos sobre los controles, completamente inmóviles. Estaba esperando que el sistema dictara su veredicto. Y ella estaba esperando saber si viviría o moriría.

La pantalla de la consola parpadeó.

Kael se inclinó hacia adelante, leyendo algo que ella no podía ver. Sus dedos comenzaron a moverse sobre los controles, tecleando comandos. Luego se detuvo. Su mano flotó sobre el teclado holográfico.

Ilyra contuvo la respiración.

Vio algo cruzar su rostro: una microexpresión que no podía descifrar. ¿Sorpresa? ¿Reconocimiento? ¿Fascinación?

Luego desapareció, reemplazada por la máscara profesional perfecta.

«Prueba completa», dijo finalmente, con una voz perfectamente neutral. «Puede sentarse.»

Ilyra obedeció, con las piernas temblando ligeramente. Se sentó en el borde de la mesa, esperando. El silencio se extendió entre ellos como un abismo.

«¿Y?» No debería preguntar. Pero no podía evitarlo.

Kael no respondió de inmediato. Estaba mirando la pantalla con una intensidad que no había mostrado antes. Sus ojos escaneaban los datos, línea por línea, como si estuviera memorizando cada detalle.

 Me va a reportar. Ve las desviaciones. Ve que mentí. Ve lo que soy. 

Pero luego hizo algo extraño. Sus dedos se movieron sobre los controles de nuevo, ajustando algo. Cambiando algo. Los movimientos eran rápidos, precisos, casi furtivos.

«Evaluador Veyr», dijo Ilyra, con la voz más firme de lo que se sentía. «¿Cuáles son los resultados?»

Él se volvió hacia ella. Y por un segundo, solo un segundo, su aura pulsó con ese blanco pálido otra vez. El color de los secretos.

«Resultados dentro de los parámetros normales», dijo. «Algunas variaciones menores en el procesamiento sensorial, pero nada que requiera corrección inmediata.»

El alivio inundó tan intensamente que casi la mareó.

«¿Entonces…?»

«Entonces ha pasado. La Cadete Noren es conformante neural. Puede proceder con el entrenamiento.»

Pero algo en la forma en que lo dijo, algo en la forma en que sus ojos se encontraron con los de ella, le dijo que él sabía. Que había visto las desviaciones en los patrones. Que había detectado el procesamiento anómalo. Y que deliberadamente había elegido no reportarlo.

 ¿Por qué? 

Antes de que pudiera preguntar, antes de que pudiera procesar, Kael Veyr se volvió hacia la consola, despidiéndola efectivamente.

«Está libre de irse, Cadete. Su próxima evaluación está programada para dentro de seis meses.»

Ilyra se levantó con las piernas que apenas la sostenían, caminó hacia la puerta y se detuvo.

«Evaluador Veyr.»

«¿Sí?»

«¿Por qué…?» comenzó. Luego se detuvo. Porque preguntar era peligroso. Porque reconocer que él había alterado los resultados era una acusación que ninguno podía permitirse.

«¿Por qué qué, Cadete?»

Sus ojos se encontraron otra vez. Y esta vez, vio algo definido en esas grietas de su aura: reconocimiento. Como si la hubiera estado esperando. Como si ella fuera una pieza en un patrón que él había estado rastreando.

«Nada, señor. Gracias por su tiempo.»

Salió antes de que pudiera cambiar de opinión. Antes de que pudiera reportarla después de todo. Pero mientras la puerta se cerraba, lo escuchó murmurar, tan suave que casi lo perdió:

«De nada, Ilyra Noren. Nos veremos otra vez pronto.»

Kael Veyr se quedó solo en la sala de evaluación, mirando la pantalla que todavía mostraba los datos de la Cadete Noren.

Los patrones eran… extraordinarios.

Actividad en regiones cerebrales que normalmente permanecían inactivas durante el procesamiento visual estándar. Conexiones cruzadas entre los centros sensoriales que no deberían existir. Una arquitectura neural que sugería no solo sinestesia, sino algo más profundo, más integrado.

 Es un espécimen fascinante. 

Kael tecleó comandos, aislando los datos más reveladores. Las desviaciones eran sutiles, pero inequívocas. Cualquier evaluador competente las habría detectado. Cualquier evaluador leal las habría reportado.

Pero él no era cualquier evaluador.

Sus dedos se movieron sobre los controles, trazando los patrones de actividad cerebral de Ilyra Noren durante la última pregunta. Cuando había visto la foto de su hermana. La respuesta neural había sido… hermosa. Compleja. Un entrelazamiento de procesamiento emocional y sensorial que los algoritmos de Elyon clasificarían como «desviación crítica».

 Si reporto esto, la integrarán en setenta y dos horas. Máximo. 

Debería reportarlo. Era el protocolo. Era su función. Era lo que un evaluador leal haría sin cuestionamiento.

Pero…

 Esta anomalía es demasiado inusual para una simple corrección. Los patrones sinestésicos no deberían ser tan complejos ni tan precisos. Podría ser una vulnerabilidad del sistema… o un arma. 

Kael se reclinó en la silla, estudiando los datos con la intensidad de un ingeniero confrontado con un problema que no puede resolver fácilmente.

La Red Invertida había estado buscando algo así durante meses. Alguien con capacidades neurales atípicas que pudieran explotar las debilidades de Elyon. Alguien que procesara información de formas que la IA no podía predecir ni controlar.

 Si reporto esto, perderé acceso al espécimen más fascinante de mi carrera. Si la clasifico como variación menor, puedo mantenerla bajo mi supervisión directa y estudiarla. Determinar si es útil o simplemente… interesante. 

Era una racionalización. Lo sabía. Pero era una racionalización lógica.

Sus dedos se movieron hacia el botón de reporte final. Se detuvieron a milímetros.

En la pantalla, los datos de Ilyra Noren brillaban con un rojo de advertencia:

DESVIACIÓN DETECTADA

ANOMALÍA NEURAL: NIVEL 4

RECOMENDACIÓN: INTEGRACIÓN INMEDIATA

Kael miró el botón. Luego miró los datos. Luego cerró los ojos.

 Esto viola el protocolo. Esto es… mentira. 

Abrió los ojos. Movió sus dedos.

Y presionó el botón incorrecto.

La pantalla parpadeó. Los datos cambiaron. Donde había dicho «NIVEL 4», ahora decía «NIVEL 1». Donde había dicho «INTEGRACIÓN INMEDIATA», ahora decía «MONITOREO RUTINARIO».

Kael tecleó rápidamente, añadiendo notas al archivo:

EVALUACIÓN FINAL: CONFORMANTE CON VARIACIONES MENORES

Variaciones en procesamiento sensorial dentro de rango aceptable.

No requiere intervención correctiva en este momento.

Recomendar evaluación de seguimiento en seis meses.

Sujeto asignado a mi supervisión para monitoreo continuo.

Guardó los cambios. El sistema aceptó la clasificación sin cuestionamiento. Porque Kael Veyr era un evaluador de nivel tres con autoridad para hacer ajustes menores a los resultados. Porque el sistema confiaba en él.

Porque había mentido antes y nunca lo habían descubierto.

Se reclinó de nuevo, mirando la pantalla ahora editada.

 He violado el protocolo. He alterado datos oficiales. He mentido a Elyon. 

Una sensación extraña se asentó en su pecho. No era miedo exactamente. Era… inquietud. Como si hubiera cruzado una línea invisible y ahora estuviera de pie en territorio donde las reglas que lo habían definido toda su vida ya no aplicaban.

 ¿Por qué lo hice? 

No tenía una respuesta clara. O quizá tenía demasiadas.

Porque era un espécimen científico único. Porque la Red necesitaba información sobre anomalías neurales. Porque alterarla sería un desperdicio de potencial investigativo. Porque…

 Porque cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi algo. Reconocimiento. Inteligencia. Miedo, sí, pero también… determinación. Como si ya supiera que estaba mintiendo pero lo estaba haciendo de todos modos. Como si estuviera eligiendo sobrevivir en lugar de rendirse. 

 Y esa elección es… estadísticamente improbable en alguien con sus niveles de trauma. Fascinante. 

Se puso de pie, cerrando la sesión en la consola. Necesitaba reportar esto a Miren. Necesitaba discutir si la Cadete Noren era un activo potencial o simplemente una curiosidad que había preservado por razones que no terminaba de entender.

Pero mientras salía de la sala de evaluación, no podía sacudir la sensación de que algo había cambiado. Algo pequeño pero fundamental.

Por primera vez en años, había tomado una decisión basada no en protocolo, sino en… ¿qué? ¿Intuición? ¿Curiosidad? ¿Algo que no podía cuantificar pero que se sentía correcto de una forma que los números nunca lo habían sentido?

 No. No es correcto. Es estratégico. Es lógico. Es la decisión óptima dadas las circunstancias. 

Pero mientras caminaba por el corredor vacío hacia su siguiente evaluación, una parte pequeña de él (una parte que no había existido hace una hora) susurraba que quizá, solo quizá, había salvado a Ilyra Noren no porque era lógico.

Sino porque no había podido hacer lo contrario.

El resto del día pasó en una neblina. Sera la felicitó por pasar. Otras cadetes ofrecieron congratulaciones vacías. Los instructores asintieron con una aprobación que no significaba nada real.

Y todo el tiempo, Ilyra no podía dejar de pensar en Kael Veyr. En las grietas de su aura. En la forma en que sus dedos habían ajustado los controles. En el reconocimiento en sus ojos.

 ¿Quién eres? ¿Y por qué me salvaste? 

A las 17:00 (la hora de ejercicio libre) Ilyra escapó al patio de observación en el Nivel 12. El lugar donde las cadetes venían a mirar hacia el Mar de Nubes y recordar por qué la conformidad importaba. Porque la alternativa era la caída.

Estaba sola en la baranda cuando una voz detrás la hizo saltar:

«Cadete Noren.»

Se volvió. El Supervisor Thex (un oficial de cincuenta y tantos años responsable de la disciplina de cadetes) estaba de pie a tres metros. Su aura pulsaba rojo-naranja.

 Reprimenda inminente. 

«Supervisor.»

«Su evaluación hoy mostró… irregularidades menores.»

Una helada recorrió su columna.

«El Evaluador Veyr dijo que pasé dentro de los parámetros normales.»

«Y lo hizo. Técnicamente.» Thex se acercó. «Pero revisé los datos brutos. Y veo patrones que sugieren un procesamiento sensorial atípico. Nada definitivo. Pero suficiente para justificar un monitoreo continuo.»

«Entiendo, Supervisor.»

«¿Entiendes? Porque tu hermana…» Su voz tomó un tono casi recitativo. «Como dice la Vigesimonovena Ley: Reportar anomalías en otros es el acto de amor más puro. La corrección temprana salva; el silencio cómplice mata. Si ella hubiera reportado sus propias desviaciones a tiempo…»

Antes de que pudiera terminar, un rugido hendió el aire. Ambos se volvieron hacia el cielo.

Una nave descendiendo, no un transporte de carga estándar sino algo más grande, más importante. Un diseño que Ilyra reconoció de los archivos históricos: un crucero de comando. Usado solo por los funcionarios de más alto rango de Aeris.

La nave se deslizó hacia la plataforma de aterrizaje principal visible desde donde estaban. Las rampas se extendieron. Figuras emergieron, una en particular destacaba. Incluso a esta distancia, Ilyra podía ver su aura: gris absoluto. Sin fisuras. Sin variación. La optimización perfecta hecha carne.

«¿Quién es?» susurró.

El Supervisor Thex había palidecido.

«El Comandante Vex Thorne. Líder del Consejo de Conformidad.» Su voz era tensa. «Nunca viene a la Academia a menos que…» Se detuvo.

«¿A menos que qué?»

«A menos que haya detectado una amenaza significativa a la integridad del sistema.»

Ambos observaron mientras la comitiva se movía hacia el edificio principal. Entonces Thex pareció recordar la conversación previa.

«Necesito atender esto», dijo bruscamente. «Pero Cadete Noren, esta conversación no ha terminado. Reportará a mi oficina mañana a las 07:00 para una discusión adicional sobre sus… irregularidades.»

«Sí, Supervisor.»

Él se fue, moviéndose rápido hacia el edificio donde el Comandante había entrado, dejando a Ilyra sola en el patio, mirando hacia el cielo negro donde las estrellas solían estar, preguntándose cuánto tiempo le quedaba antes de que las irregularidades se convirtieran en condena. Antes de que terminara como Lysa: fragmentada, integrada, disuelta en un sistema que no toleraba la diferencia real.

 La integración no es muerte sino transformación, le habían dicho durante el funeral de su hermana, recitando la Vigésimoquinta Ley como si fuera consuelo. 

 Pero Lysa no fue transformada. Fue destrozada. 

 Un día a la vez. Sobrevive hoy. Preocúpate por mañana cuando llegue. 

Pero mientras bajaba el sol artificial (los cronómetros de Aeris simulando el ciclo día-noche que el cielo real ya no proveía), no podía sacudir la sensación de que algo había cambiado. Que Kael Veyr alterando sus resultados no era una misericordia aleatoria, sino un reclutamiento. Para algo. Para una guerra que todavía no entendía pero que podía sentir llegando. Como una tormenta en los datos. Como fragmentos organizándose en un patrón. Como una hermana muerta susurrando en sueños:

 Eventualmente, cambiarás todo. O morirás intentándolo. Todavía no sé cuál. 

Ilyra cerró los ojos. Y por primera vez en tres años eligió creer que el cambio era posible. Incluso si la mataba. Especialmente si la mataba. Porque vivir como Elyon quería (gris, optimizada, sin los colores que solo ella podía ver) no era vivir en absoluto.

Era solo otra forma de estar muerta.